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La causa de las mujeres
Pilar Ramírez: Política en tacones

 
 

25 de junio de 2012

 

La oferta en materia de género que han presentado los candidatos a la presidencia de la República no da buenas razones para que las mujeres elijan votar por ellos. Esta competencia electoral en la que participa una mujer no ha marcado diferencias respecto a otras en las que hubo ausencia de candidatas.

Digámoslo de manera clara. La presencia de Josefina Vázquez Mota en la contienda por la presidencia no ha generado propuestas de gobierno con perspectiva de género. No se trata de no votar por una mujer, pues siempre es elogiable el esfuerzo que debe realizar una de ellas para destacar en la política, pero se debe decir con toda claridad que Vázquez Mota no representa a las mujeres sino a un partido político y con esa óptica es como debe analizarse lo que esta candidata representa.

La exigencia de políticas que contribuyan a garantizar a las mujeres el goce pleno de sus derechos debe dirigirse a cualquier representante popular, pero es lamentable que cuando está en la competencia una mujer no parta de su plataforma la iniciativa de impulsar tales políticas.

Hace pocos días en la ciudad de Xalapa, Marcela Lagarde ofreció datos que señalan a México como el país con la tasa más alta de feminicidios en América Latina: anualmente se reportan mil 600 asesinatos de mujeres. Sólo este dato estremecedor debería ser suficiente para que los candidatos tuvieran a sus asesores construyendo propuestas para que la población femenina pudiera sentirse realmente tomada en cuenta.

Son muchos los pendientes en la promoción y respeto de los derechos de las mujeres. Para empezar, sería necesario establecer un marco regulatorio más estricto para declarar una alerta de género. La alerta de género es un mecanismo de coordinación interinstitucional que se aplica cuando hay violencia contra las mujeres para garantizar sus derechos. El número de asesinatos de mujeres señalaría la necesidad de declarar la alerta de género en varias entidades federativas, lo cual no ocurre porque interviene el factor político; los gobiernos rechazan declarar una alerta porque eso implica admitir que existe una violencia sistemática contra las mujeres, lo cual supone que las autoridades no han sido lo suficientemente eficientes para resguardar los derechos femeninos, especialmente el de la vida.

Es, como puede verse, una víbora que se muerde la cola. La violencia existe, pero se pretende ocultarla sólo con no reconocerla. Y, como una alerta de género hace ver mal a un gobierno, simplemente no se declara y no se ponen en marcha acciones especiales de distintas dependencias para proteger la vida de las mujeres en lugares donde el secuestro, la desaparición o los asesinatos se van sumando en un ábaco macabro. Los ciudadanos y las organizaciones de la sociedad civil tienen límites para exigir la declaratoria, pues una vez solicitada, corresponde a la Secretaría de Gobernación o a las secretarías de Gobierno de los estados declarar la alerta.

El asunto, sin embargo, es lo suficientemente grave como para dejarse a la interpretación y a la voluntad política (o falta de ella), por lo cual se requiere de un marco normativo y procedimental más estricto y específico con el cual se pueda sentir respaldada la sociedad civil o cualquier ciudadano que realice una solicitud de esta naturaleza como para tener la certeza de que se trata de un mecanismo legal para proteger la vida y no una reputación política. Un gobierno será mejor apreciado si enfrenta los problemas en lugar de pretender que no existen, pues es éste un principio básico de la gobernabilidad.

Es preciso reconocer que la violencia contra las mujeres se alimenta con la actuación lenta, desinformada o indolente de las autoridades ministeriales. Una respuesta de protección a las mujeres positiva y consistente en el sistema de impartición de justicia crearía paulatinamente un clima de seguridad que detendría a los agresores, sin embargo, sólo como ejemplo, los mecanismos para emitir las órdenes de protección de víctimas están sujetos a la voluntad e interpretación de autoridades poco capacitadas en perspectiva de género. Si a esto se suma la carencia de refugios, que según la ley deberían estar disponibles para la seguridad de las mujeres víctimas de violencia o la operación deficiente de los que existen, la protección no es real y las mujeres siguen enfrentándola como un asunto personal e individual.

El número de casos de mujeres y niñas desaparecidas aconsejarían plantear de manera urgente un plan especial para su búsqueda, lo mismo que las investigaciones para los expedientes sin resolver en asesinatos de mujeres.

Como vemos, no es suficiente con afirmar en actos de campaña que se “protegerá a las mujeres” o que las “mujeres tendrán apoyo”, hay que decir cómo se les protegerá y qué tipo de ayudas se pondrán en marcha; es necesario enfrentar con claridad y firmeza los pendientes con los derechos de las mujeres. Lo que hemos visto hasta ahora nos indica que los candidatos no han profundizado en la perspectiva de género. El tema de las mujeres sólo es argumentativo para sus campañas.

Atender estos pendientes es inaplazable. En lugar de proponer que las mujeres se conviertan en modernas Lisístratas por no votar por una mujer, mejor condicionemos nuestro voto al ofrecimiento de un programa coherente en materia de género.

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