A usted... ¿qué le parece?
por Luis Puig

La Belleza Millonaria
Mesalina de nuestro tiempo.

Claudio I (Tiberio Claudio César Augusto Germánico, Lyon, 10 a. de C.-Roma, 54 d. de C.) emperador romano, famoso por haber sido sucesor del funesto Calígula, fue más famoso quizá por sus parejas femeninas quienes influían tajantemente en sus decisiones: Mesalina y Agripina. 

De ellas, Mesalina es quien, sobre todo, ha trascendido. Y no tanto por sus acertados consejos políticos, sino por su frívola lascivia. Se dice que casi toda la guardia pretoriana la conoció en lúbricos encuentros en los que había de todo. Algunos de ellos ahorraban, inclusive, para pagar sus favores. Ante los ojos del emperador, la experiencia de la amante compensaba todo. Hasta que se cansó de la cornamenta y la asesinó para casarse formalmente (¿?) con Agripina. Cuánta debe haber sido la belleza de Mesalina para que los guardias que se metieron con ella arriesgaran su vida por un encuentro fugaz de placer, y que influyentes sus palabras y experiencia para que el omnipotente emperador le aguantara tanta infidelidad, aunque sólo fuera física.

La historia al parecer se repite, aunque los escenarios cambien. Los relatos que invariablemente escuchaba en mi infancia con respecto a las altas esferas del poder y sus encuentros amorosos derivaron siempre en “La Tigresa”  quien llegó hasta al Senado de la República. Algunos años después, en la actualidad, otro personaje femenino destaca por su dominio e intervención en el poder, solamente que, a diferencia de la belleza de Mesalina o los atributos de “La Tigresa”, esta mujer oculta sus encantos bajo una máscara de fealdad y su rostro refleja la antipatía a un mundo que no le corresponde, digna de inspiración para el surrealismo de Dalí y envidia de Cuasimodo que creía que no existía ser más feo que él: Doña Elba Esther Gordillo.

Ahora resulta, según sus propias palabras (tal como lo narró Nino Canún en su programa de radio), que su fortuna la hizo con trabajo y mucha disciplina en el ahorro.

Para lograrlo con su profesión de maestra mal pagada y su devoción por la enseñanza, tuvo que conseguir un empleo extra: mesera en un “centro nocturno”. De esta manera, por las mañanas daba clase en las aulas y por las noches enseñaba en otro tipo de “aulas” y otro tipo de instrucción.

Seguramente los comensales de su segundo empleo se peleaban por ser atendidos por tan magnífico ejemplar y conseguir, quizá con un poco de suerte, ser correspondidos por ella. ¿Cuántas mesas con sendas propinas le habrá tocado atender a la “maestra enseñante” para lograr, con sus ahorritos, tamaña fortuna que hoy ostenta? ¡Seguramente muchas!

Aunque, bueno, que un maestro se enriquezca no es sorprendente en este México nuestro. Baste recordar el inconmensurable capital (económico y político, que de ambos dejó abundante herencia) del insigne profesor Carlos Hank. O del otro profesor, más cercano, el jacalense José Guadarrama y su gran fortuna, para celos de los que no seguimos la docencia como profesión.

¡Ni hablar, tendremos que buscar un segundo empleo!

Todo con Medida.

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